Conjura de necios


Melitón Cardona (*)


El “sabio de Baltimore”, Henry Louis Mencken, afirmó no conocer a nadie que se hubiera arruinado por subestimar el nivel intelectual de sus conciudadanos. Excuso decir lo que hubiera opinado si se le hubiera ocurrido interesarse por el de los nuestros. Ya señaló Hitler en su “Mein Kampf” que "cualquier propaganda debe situar su nivel en el límite de las facultades del más limitado entre aquellos a quienes se dirige ...”


Hay varios tipos de necio.


En primer lugar están los que, conscientes de su necedad, son capaces de administrarla con silencios prolongados y ausencias oportunas: lo explicó Alonso de Ercilla en La Araucana "No hay cosa más difícil, bien mirado, que conocer un necio, si es callado". No suelen ser de los que salen peor parados, al menos durante algún tiempo.


En segundo lugar, están los que actúan como si no supieran que son necios, por si la cosa pudiera colar: acaban por resultar patéticos, pero suelen caer bien por la tenacidad que ponen en el empeño y por esa cualidad de inasequibilidad al desaliento de la que hacían gala nuestros falangistas.


Por último, están los que, siendo necios irredimibles y, además, sabiéndolo a ciencia cierta en su fuero interno, tienen el borroso convencimiento íntimo de que, rebus sic stantibus o tal como está al patio (me permito traducir para beneficio de víctimas de la LOGSE y jóvenes licenciados), tal vez resulte que no lo sean tanto y, como consecuencia de esa pipirrana mental, pretenden imponer su necedad con autoritarismos derivados del cargo que ocupan por razones generalmente penosas: un pariente influyente, una oportuna afiliación partidista, pequeños chantajes bien administrados, méritos robados, engañifas impresentables, etc. Serviles con sus superiores y despóticos con sus subordinados, forman el más abyecto escalafón de la necedad y son herederos directos de los antes citados inasequibles, por mucho que militen en partidos que se confiesen de izquierda pero acostumbren almorzar en restaurantes de cinco estrellas con cargo al contribuyente.


A la larga, los necios sólo pueden prosperar en ámbitos generalistas: en la política, en la diplomacia, en la enseñanza universitaria y en la metafísica barata, por no mencionar en el de la creación "artística", particularmente la cinematográfica, que suele llevarse la palma en esa “conjura de los necios” que denunció Daniel Defoe y tan certeramente retrató John Kennedy Toole en un memorable libro cuyo manuscrito fue rechazado por muchas reputadas editoriales y sólo se publicó, póstumamente, gracias a la tenacidad de una madre convencida de la genialidad del hijo cuyo suicidio tuvo que padecer por tamaña incomprensión. A este respecto mencionaré una anécdota personal: compré el libro en Sudáfrica en 1981 siguiendo un impulso que se reveló certero; al volver a Mozambique, mi coche quedó atascado en el barro y el esfuerzo que hice para desatascarlo me provocó un esguince vertebral que hizo que cada vez que me moría de literalmente de risa a medida que iba leyendo los despropósitos de Ignatius J, Reilly aullara, también literalmente, de dolor, pero proseguí tenazmente porque la gratificación que me proporcionaba el texto compensaba con creces los alaridos que tanto alarmaron a mi mujer. Tan grande es el poder de la buena literatura.


En el reino de lo demostrable, el de las ciencias exactas, que son pocas, la necedad no tiene futuro, aunque, aún así, trate de infiltrarse con los más variados pretextos. Véase, si no, el papelón de ciertos gurús del cambio climático que se desplazan en aviones privados contaminantes pero cobran sus apocalípticos augurios como si su contribución al bienestar universal no tuviera precio. O el de esos científicos británicos que, hace unos meses, estuvieron a punto de perecer en el Polo Norte porque, empeñados en demostrar su supuesto deshielo, se vieron obligados a requerir ayuda de emergencia cuando la descomunal helada a la que tuvieron que hacer frente estuvo a punto de llevárselos por delante.


Ahí queda lo dicho: hay tanto inasequible al desaliento que aún nos queda mucho por ver. 


(*) Diplomático.

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