Sobre la cuestión de las leyes
Franz Kafka
Traducción del alemán de M. Cardona
En general nuestras leyes no son conocidas, sino que constituyen un secreto del pequeño grupo de aristócratas que nos gobierna. Estamos convencidos de que esa legislación ancestral se cumple al pie de la letra, pero resulta en extremo mortificante verse regido por normas que uno desconoce. No pienso aquí en las diversas posibilidades de interpretación ni en las desventajas de que sólo algunas personas, y no todo el pueblo, puedan participar en esa interpretación. Acaso esas desventajas no sean tan onerosas. Las leyes son tan antiguas que los siglos han contribuido a interpretarlas, pero aunque subsistan todavía posibles licencias sobre su interpretación, son muy restringidas. Además, la aristocracia no tiene ningún motivo para dejarse influir en la interpretación por un interés personal en perjudicarnos, ya que las leyes fueron establecidas desde sus orígenes por esa misma clase social que, al no estar sometida a ellas, y precisamente por eso, parecen haber sido puestas exclusivamente en sus manos. Esto, naturalmente, encierra una sabiduría —¿quién duda de la sabiduría de las leyes antiguas?—, pero al mismo tiempo nos resulta mortificante, aunque probablemente inevitable.
Por otra parte, estas leyes ficticias sólo pueden ser conjeturadas. Es tradición que existen y que fueron confiadas en secreto a la nobleza, de modo que más que una vieja tradición, digna de crédito por su antigüedad, que ni lo es ni puede serlo, su naturaleza exige también mantener en secreto su existencia. Pero si nosotros, el pueblo, hemos venido siguiendo atentamente la conducta de la nobleza desde los tiempos más remotos y poseemos crónicas de nuestros antepasados referentes a ello, y las hemos proseguido concienzudamente hasta creer discernir en los múltiples casos ciertas líneas directrices que permiten sacar conclusiones sobre esta o aquella determinación histórica y si después de estas deducciones finales, cuidadosamente tamizadas y ordenadas, procuramos adaptarnos en cierta medida al presente y al futuro, todo parece ser entonces algo inseguro y quizás un simple devaneo de la Razón, pues tal vez esas leyes que hoy tratamos de conjeturar ni siquiera existan. Hay un pequeño partido que sostiene esta opinión y trata de probar que cuando una ley existe sólo puede rezar: "es ley lo que hace la nobleza". Ese partido únicamente ve arbitrariedad en sus actos y rechaza la tradición popular, la cual, según su parecer, sólo comporta beneficios accidentales e insignificantes, provocando en cambio graves perjuicios al dar al pueblo una seguridad falsa, engañosa y superficial con respecto a los acontecimientos por venir. No pueden negarse esos perjuicios, pero la abrumadora mayoría de nuestro pueblo ve su razón de ser en el hecho de que la tradición no es ni con mucho suficiente aún, ya que queda mucho por investigar en ella y porque, sin duda, su material, por gigantesco que parezca, es aún demasiado limitado, por lo que habrán de transcurrir siglos antes de que se revele como suficiente. Lo confuso de esta visión a los ojos del presente sólo está iluminada por la fe en que habrá de llegar el día en que la tradición y su consiguiente investigación resurjan en cierto modo para poner punto final, para que todo sea puesto en claro, para que la ley sólo pertenezca al pueblo y para que la nobleza desaparezca. Esto no lo ha dicho nadie, en modo alguno, con odio hacia la aristocracia. Más bien nos odiamos a nosotros mismos por ser todavía indignos de ser apreciados por la ley. Y por eso, ese partido, en realidad tan atractivo desde cierto punto de vista y que no cree, en verdad, en ley alguna, sigue siendo minoritario porque él también reconoce plenamente el derecho a la existencia de la nobleza.
En realidad, la problemática sólo puede ser enunciarse con una especie de contradicción: un partido que, junto a la creencia en las leyes, repudiara la nobleza, tendría inmediatamente a todo el pueblo a su lado, pero un partido semejante no puede surgir porque nadie osa repudiarla. Vivimos en el filo de esa navaja. Un escritor lo resumió en cierta ocasión de la siguiente manera: la única ley visible e incuestionable que nos ha sido impuesta, es la de la nobleza, y ¿querríamos privarnos nosotros mismos de esta única ley?
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