La decadencia de Occidente


Hay quienes se resignan a contemplar impávidos esa estúpida sociedad contemporánea en cuya ciénaga muchos chapotean a gusto y quienes no se atreven a denunciarla exponiendo sus múltiples contradicciones y despropósitos por motivos que no soy capaz de conjeturar. Los primeros son colaboradores conscientes o incluso inconscientes del lento pero progresivo suicidio de una sociedad occidental que va renunciando a sus valores y asumiendo gradualmente postulados inanes ajenos como si se tratara de un hecho inevitable inmune a la impugnación que debería generar la lógica indignación ante el absurdo.


Hay varios obstáculos que más tienen que ver con la taumaturgia que con la racionalidad. Uno de ellos consiste en anatematizar a quienes osan poner en cuestión los despropósitos de la deriva suicida en función de sus adscripción ideológica; así, si lo dice Juan es dogma de fe, pero si lo dice Pedro puro fascismo. El hecho es que la adscripción intelectual o ideológica de quien razona resulta irrelevante porque lo importante no es lo quien se dice sino lo que se dice. A partir de semejante trampa intelectual, cualquier despropósito resulta posible. La civilización occidental ha sido fruto de un prolongado trayecto secular que hoy pretende poner en entredicho una generación efímera y frívola, de escasa proyección histórica y muy bajo nivel intelectual y moral.


Desde luego, no van a ser los partidos políticos tradicionales, cómplices voluntarios o involuntarios del despropósito que se nos avecina, los que vayan a poner coto a una deriva en la que el destino de los ciudadanos occidentales sea el de una esclavitud moral e intelectual tan aborrecible como la física.


Inútil decir que a mí no debe preocuparme esta deriva, por la sencilla razón de que mi edad provecta me impedirá ver la catástrofe que se avecina, por mucho que pueda acelerarse.


Yo no puedo identificarme con proyectos políticos que pretendan que quien produce subvencione a quien nada aporta a la producción. Tampoco lo hago con quienes denuncian desigualdades inexistentes y tampoco con quienes subordinan los datos objetivos a lo que la corrección política ordena.


Todo lo anterior lo contemplo con una mezcla de estupor y tristeza, siquiera porque pienso que es fruto de multitud de cesiones gratuitas, en principio aparentemente irrelevantes, que acaban por desembocar en un estado de cosas difícilmente reversible.


No creo que haya que apelar a conspiraciones universales, aunque haberlas háilas, para tratar de comprender este insólito fenómeno porque ciertamente creo que también es endógeno: basta que un partido político carente de ideas propias las hagas suyas gratuitamente para que el despropósito se consume.


Tras la caída del Muro de Berlín, la sociedad europea ha venido prostituyéndose a base de mantras feministas y multiculturalistas sugeridos por  proyectos foráneos y lo han hecho con la esperanza de homologarse con quienes en el fondo los desprecian, algo que constituye un fenómeno psicológico no carente de interés.


Así, Occidente va suicidándose a ritmo lento a través de determinados compuestos medicinales que incluyen ingredientes tan tóxicos como la igualdad de las culturas ("estoy esperando el Proust maorí" escribió un conocido autor norteamericano), los derechos no conquistados mediante ingenio o esfuerzo y la idea peregrina de que quien no contribuye al bien común tiene derecho a que el bien común financie su existencia. A este suicidio contribuyen dos ingredientes que más que tóxicos, son letales. Uno es el demográfico, agravado por el hecho de que la tasa de reproducción del inmigrante es cuatro veces superior a la del europeo de origen. Otro es ese relativismo moral dogmático (!) que la corrección política (un invento de origen soviético) paradójicamente impone.


Voy a repetirme: me alegra mucho que mi edad provecta me impedirá padecer la desintegración total de Occidente que vaticino.

Comentarios

  1. Magnífico. Tu denuncia de la falta de principios morales y éticos de los políticos debe alcanzar a la masa de votantes que los elige. Además y por lo que vemos, se prefiere a los jóvenes imberbes, incultos y faltos de experiencia en la vida para regir naciones que siempre han gobernado personas maduras. Lo que falta a la sociedad es sentido común.

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  2. O dicho de otro modo para lo que me queda en el convento...
    Así empezó el Imperio Romano y se cayó

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